El hombre que no conoció el “no se puede”
Everardo Vidaurri Lozano

El hombre que no conoció el “no se puede”


Por Sebastián Albuquerque Ilustraciones: Italo Ahumada

Everardo Vidaurri Lozano nació en 1925 en Salinas, estado de Nuevo León, México, en una familia de 9 hermanos, donde todo escaseaba menos el trabajo. De pequeño tuvo que salir a trabajar para ganarse la vida. Primero vendiendo golosinas en los cines, lavando platos en restaurantes y después como cobrador de una tienda de barrio. El dueño fiaba a los vecinos y era Everardo el encargado de cobrarles. A veces se paraba afuera de sus casas y esperaba 4 o 5 horas hasta que aparecieran – nunca se iba sin cobrar-, hasta que un día no hubo más deudas que cobrar y fue despedido. Nunca entendió el por qué. Años después, cuando creció y se convirtió en un hombre de negocios, Everardo volvió a Monterrey y la tienda seguía ahí, pero agobiada por la competencia de las grandes cadenas de supermercados. “Si me hubiera conservado, no estaría así”, comentaba a sus conocidos.

Cuando cumplió 12 años se dedicó a repartir a domicilio y en bicicleta la ropa de una tintorería. También lavó platos en el restaurante de un tío. Pero fue unos años después cuando se topó casualmente con la que sería la oportunidad de su vida: Un día su hermana llegó a casa con una caja de huevos, regalo de la granja en que trabajaba. No iban a comérselos todos, así que entre los hermanos salieron a venderlos por el barrio de puerta en puerta. Al ver que se vendieron bien, Everardo se interesó por el negocio. Si en el mercado esa caja costaba 5 centavos, comprar directamente al productor costaba 3, por lo que comienza a visitar directamente las granjas productoras de huevos buscando el mejor precio posible, para luego comprar y vender.

Es así como los huevos se transforman en la actividad familiar. Everardo los compraba y sus padres y hermanos los vendían esquina por esquina, a pequeños negocios y en mercados. Una escasez de huevos en el norte de México puso en peligro el incipiente negocio familiar, así que Everardo tomó un camión, y sin saber ni una palabra de inglés, cruzó la frontera para comprar en Estados Unidos.

 

Al poco tiempo tuvo montado su propio negocio de huevos, transformándose en la competencia de su propia familia.

 

Los descartes del mercado americano, que por calibre u otros motivos no eran comercializados internamente, le reportaron aún más ganancias aumentado el margen. En poco tiempo el negocio se volvió tan rentable que se convierten en los mayores proveedores de huevos del norte de México.

Everardo pasó temporadas completas recorriendo Estados Unidos para cerrar acuerdos con productores locales proveyendo la visión, estrategia y abastecimiento del negocio. Su padre, don Guillermo, era el que tenía el control de la actividad familiar, por lo que si quería negociar debía entenderse con él. Para su sorpresa, don Guillermo se niega a darle una participación mayor del negocio, por lo que Everardo decide independizarse. Tomó sus cosas, su know-how, y se dirige al mercado de Monterrey. Compró 10 cajas de tomates y las vendió con un buen margen de ganancia, lo que le permitió, en un solo día de trabajo, pagar una pieza y tener capital para empezar de nuevo a la mañana siguiente. Al poco tiempo tuvo montado su propio negocio de huevos, transformándose en la competencia de su propia familia. Para no tener problemas con su padre decidió trasladarse de Monterrey al Distrito Federal.

UNA ABULTADA CUENTA DE TELÉFONO

En la capital mexicana se asoció con su hermana mayor, Aurora. Ella llevaba la administración del negocio mientras que Everardo se ocupaba de las estrategias de comercialización y venta. A principios de la década de 1950 ya eran los mayores comerciantes de huevos en el Distrito Federal. Resultó tan atractivo que otros hermanos de la familia Vidaurri se fueron uniendo. Al principio solo comercializan huevos, pero comienzan a probar con otros productos también con éxito.

Una vez dominado el mercado de México, la expansión fue natural. Los primeros mercados que exploró fueron Guatemala y El Salvador. En 1960 Everardo llega a Venezuela empujado por el auge petrolero que experimentó el país caribeño. Incursiona en el mercado inmobiliario con un edificio, que posteriormente vende. Al principio fue complicado el cambio, porque además de enfrentarse a una idiosincrasia diferente, los comerciantes de huevos en Venezuela también solían vender fruta, un negocio inexplorado aún por él. Pero decide reinventarse y se hace cargo de un local en medio del mercado de Caracas. Los primeros años no fueron muy prósperos, excepto por un encuentro muy afortunado: En 1962 Everardo contrae matrimonio con Ileana Damm Beltrán, oriunda de Monterrey. Sus conocidos la describían como una mujer muy inteligente, bellísima, ávida lectora y de gran calidez. El matrimonio decide trasladarse y establecerse en la capital mexicana, la que se transforma en su base de operaciones.

Desde el inicio, Ileana se integró de lleno en los negocios. Era de mente matemática, ordenada y meticulosa, por lo que fue natural que se encargara de las finanzas del negocio. El negocio en Venezuela fue una prueba de fuego para Everardo, ya que incursionar en el negocio de la fruta siempre es complejo, y más todavía en la Venezuela de la década del 60, donde era el gobierno de turno quien fijaba la política importadora. Como sea, la explotación del petróleo hace que Venezuela sea tierra fértil para los negocios. En 1972, Ileana y Everardo deciden trasladarse a Caracas junto a sus tres hijos. Fijan residencia en un hotel, y mientras ella supervisaba la operación, Everardo afinaba los detalles de las compras y normalmente complicada logística en esos tiempos.

La naturaleza misma del negocio de la fruta hacía que Everardo pasara semanas, meses y a veces temporadas completas fuera del hogar. Pero a pesar de la distancia, se las arreglaba para llevarle el pulso al negocio. Usaba constantemente el teléfono, en tiempos en que llamar a larga distancia costaba una fortuna, pero ni él ni Ileana escatimaban en gastos a la hora de utilizarlo. Era el principal medio de contacto que había y la única forma de llevar el control del negocio. Gracias a esas llamadas sabía qué comprar y en qué cantidad. Daba permanentes instrucciones sobre el ritmo en que se sacaba la fruta del frigorífico y cuánto vender.

Darrel Fulmer lo conoció cuando se iniciaba en el negocio. Trabajaba con Jack Pandol en California, otro gigante de la industria que luego marcaría su nombre en la historia de la industria hortofrutícola. “Venía a visitarnos a Delano, California, una ciudad muy, muy pequeña. Acá había un pequeño motel en donde las habitaciones costaban unos 20 dólares por noche, pero a él no le importaba que no fuese elegante, lo único que le importaba era que tuviera un teléfono, y que la operadora del hotel fuera lo suficientemente inteligente para saber cómo hacer llamadas internacionales. Un día le alquilamos una habitación en el hotel, y un par de horas después de que llegara, recibimos una llamada del dueño del lugar y me dice: “Hay un tipo de Sudamérica que está aquí, pero ya le han cobrado varias veces el valor de la habitación en llamadas por teléfono”. Obviamente le dijimos que no se preocupara y que nosotros íbamos a pagar todo”, recuerda Fulmer.

Solo cargaba una libreta telefónica y siempre andaba con su pasaporte. Tenía billetes de avión abiertos, para poder decidir a última hora su próximo destino. Cuando llegaba a un nuevo país, pasaba horas al teléfono y luego salía a recorrer los mercados y los supermercados. Se daba el tiempo para conocer lo más posible a sus proveedores, clientes, y también a la competencia. Durante un tiempo se unieron 17 importadores venezolanos en contra de este mexicano que les estaba quitando el negocio. Pero Everardo siempre fue más hábil.

Incluso, con las ganancias del negocio en Venezuela, compra su primer barco, El Pingüino. Tras venderlo comprará las naves Ballenita, Aremar y Gema con los que expande el horizonte de sus negocios y logra solucionar el desafío del flete marítimo, abriendo diversos mercados en el Centro y Sur de América. “Mi padre fue un hombre de una inteligencia sobresaliente, un gran innovador para su tiempo y sumamente audaz, tanto por su capacidad de asumir y afrontar riesgos como por su intuición y habilidad para entrever oportunidades de negocio. Tenía una impresionante capacidad de trabajo y siempre fue responsable y comprometido. Fue muy reconocido en el mundo de la fruta por respetar su palabra y compromisos”, recuerda su hija mayor, Ileana Vidaurri.

NUEVOS MERCADOS

Una temporada, Everardo cargó El Ballenita con 50 mil cajas de manzanas de Chile, con destino a Venezuela. No tenía los permisos, pero pensó que entre que partiera y llegara el barco al Caribe, ya se los habría conseguido. En esa época, la importación de fruta a Venezuela era muy restringida y había que cumplir muchos requisitos.

Llegó el barco y los permisos no estaban. La motonave pasó tres semanas parada en medio del mar. Everardo no sabía qué hacer. Sus contactos en Chile le advirtieron que el mercado nacional se había quedado sin manzanas, entre las exportaciones a Argentina y las que se llevó él mismo. El precio de venta era al menos el doble del que lo habían comprado, por lo que le convenía devolver el barco, y así lo hizo.

“Hay que entender que cuando él empezó, era como ser un pionero”, recuerda Fulmer. “Tomaba barcos y los ponía en mercados que nunca habían visto fruta antes. Eso fue antes de que existieran los containers. A veces cargaba un barco en Seattle, lleno de manzanas, con un montón de dinero invertido en la carga, y llevaba el barco al sur, sin tener ni un cajón vendido. Investigaba los mercados, veía dónde faltaban manzanas, y llegaba a ese puerto, a veces descargaba, a veces dejaba la carga por dos o tres días en el puerto. Él dejaba el barco en el puerto y si el precio no era bueno, se iba a otro país”, rememora Fulmer.

Cuando venía a Chile, cargaba la fruta y si tenía espacio, en el viaje de vuelta aprovechaba de vender en Colombia. Pasó así de un comprador a un competidor en las exportaciones.

Según relata en una entrevista, Constantino Mustakis, “en Chile era un comprador de fruta muy peculiar. Compraba y cargaba su barco. Era el único cliente que tenía un barco, llegaba cada 20, 25 días y recorría distintos exportadores para cargar el barco… Como tenía negocios en el norte y en el sur, compraba fruta en el sur y la vendía al norte, y al revés. El carácter estacional del negocio no lo relevaba ni le daba descanso, siempre tenía algo que hacer”.

 

Cuando venía a Chile, cargaba la fruta y si tenía espacio, en el viaje de vuelta aprovechaba de vender en Colombia. Pasó así de un comprador a un competidor en las exportaciones.

 

“Llevaba un orden increíble en la parte de los pagos de sus compromisos, todo lo manejaba de memoria: Sabía cuánto compraba y cuánto debía, tenía respaldado eso con sus propios fondos. Siempre trabajó en base a su reserva propia de dinero y el plazo de pago que obtenía de los fruteros, nunca recurrió a un banco. Siempre trabajó con su propia plata”, agregaba Mustakis en la misma publicación.

En 1981 la familia decide radicarse en Santiago de Chile. Al principio solo querían abrir una oficina en el país, pero las vueltas del destino hicieron que se establecieran como exportadora con Frutam e incluso comprara un campo de manzanas cerca de Curicó, zona central de Chile. Y de ahí el negocio se expandió y estabilizó. Everardo crea vínculos con productores y clientes que lo convirtieron en uno de los actores más relevantes de la industria. En 1995, la Asociación de Exportadores de Chile lo reconoce con una distinción especial con ocasión de su 60º aniversario y en marzo 2005 le entrega un reconocimiento póstumo por su aporte la comercialización de fruta chilena en el mundo. Y aunque Everardo falleció en 2004, su legado permanece. Actualmente todas las empresas del grupo familiar se agrupan en Vida Produce Company, con sedes en Chile, Colombia, Ecuador, Venezuela, El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Panamá, Estados Unidos, México, Perú y España.

UN CAMIÓN CARGADO A MANO

Su hijo Arturo Vidaurri nunca olvidará el día que acompañó a su padre en un viaje de negocios a Venezuela. Arturo tenía 18 años recién cumplidos y en las vacaciones siempre acompañaba y trabajaba con su padre. En una oportunidad se produjo un problema puntual en Venezuela que hacía imposible descargar la fruta por barco. Arturo no recuerda si era una huelga de estibadores, una huelga de trabajadores u otra cosa, pero lo cierto fue que se le ocurrió llevar la fruta a Colombia vía Venezuela. El embarque debía atravesar Cúcuta, ciudad fronteriza. “No era llegar y cruzar con el camión. Por algún decreto, un camión con patente colombiana no podía entrar con la fruta a Venezuela. Mi papá pasó una semana completa buscando las autorizaciones”, cuenta.

La solución al problema era algo relativamente sencillo: Trasladar la carga del camión refrigerado colombiano a uno de patente venezolana con un monta cargas. Pero no había montacargas, ni tampoco camiones refrigerados. “No existían. Buscamos por todo Cúcuta y San Cristóbal, en todos los talleres mecánicos que encontramos, en todos los garajes, en todos los concesionarios. Dos días estuvimos recorriendo la ciudad y pueblos cercanos”, recuerda Arturo.

Finalmente, al tercer día encontraron un camión refrigerado de patente venezolana, no así un montacargas. Solo hallaron un pallet jack de operación manual. “Estuvimos tres días completos cargando la fruta de un camión a otro. Era yo, mi papá y dos personas más que contratamos allá. Todo el día descargando y cargando, con más de 35º de calor. Imagínate. Mi papá nunca se dio por vencido. Aunque pareciera que no se podía, él siempre se las ingeniaba. No lo paraba nadie”, cuenta Arturo. Apenas terminaron de cargar la última caja con duraznos y ciruelas, Everardo se fue directo al mercado de Caracas. Ni siquiera durmió. La operación, con todo el esfuerzo que le significó, dio sus frutos: La fruta se vendió en un día y a 4 veces su costo.

Entre quienes recuerdan a Everardo, lo primero que mencionan es lo divertido que podía llegar a ser. “Era rápido, tenía mucho sentido del humor. Te daba la sensación de que no había obstáculos, porque él de alguna u otra manera se las iba a arreglar”, recordaba Mustakis. Arturo, su hijo, también lo recuerda así. “Era muy divertido. Además, era muy querido. No era el amigo de esos que te llaman para navidad o tus cumpleaños, pero era leal y siempre cumplía su palabra. Pagaba las cuentas religiosamente”.

Su hija Ileana recuerda también “su sonrisa y optimismo frente a cualquier reto o momento agradable de la vida, en cualquier situación mi padre sonreía muy desde adentro. Esta personalidad le permitió afrontar situaciones difíciles”.

Arturo recuerda que en una oportunidad alguien le comentó a su padre que podía desbancar a toda su competencia bajando los precios. “El objetivo del negocio era que el negocio fuera rentable, siendo siempre el número uno del mercado. Podría haber vendido las manzanas a menor precio, pero pensaba que de alguna forma la competencia se las iba a arreglar para llegar a un precio igual de competitivo. Siempre decía «Que todos ganen»”, agrega.

Darrel Fulmer recuerda con nostalgia a Everardo. A lo largo de los años y a pesar del idioma desarrollaron una fuerte amistad. Vidaurri nunca aprendió inglés, pero conocía las palabras precisas para hacerse entender. Cuando Fulmer venía a Chile por negocios, siempre se las arreglaban para tomar desayuno. “Él decía: Ven a la casa a las 9:00 hrs. de la mañana del sábado. Yo iba a su casa, llegábamos a la cocina, hacía que se fuesen los cocineros y el resto del servicio, y cocinaba un desayuno mexicano para los dos. Tal cual como comíamos en México”, recuerda.

“A Everardo le gustaba la gente joven en el negocio. Además, en cualquier empresa con la que estuviese haciendo negocios, no tenía que reunirse con el CEO o el presidente, o el rey; él podía hacer negocios con los mandos medios o bajos y aprender, y siempre tendía su mano a la gente”, sentencia Fulmer.

Sobre su legado, Ileana concluye diciendo que “mi padre abrió, desarrolló y consolidó nuevos mercados y rutas de comercio para la fruta chilena y la de Estados Unidos, tanto se distinguió que aún se le recuerda”.

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