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David Del Curto

Exportar o morir

Creó un imperio empezando desde lo más abajo. Llegó como migrante apenas manejando el idioma y terminó exportando el 80% de la fruta nacional. A puro ímpetu dejó su nombre grabado en la historia de la exportación en Chile. Por Sebastián Albuquerque Ilustraciones: Italo Ahumada
Historias 14 de enero de 2021
Por Sebastián Albuquerque / Ilustraciones: Ítalo Ahumada

Antes de los aviones cargados de fruta, antes de las celebraciones con langosta y fiestas con Julio Iglesias, incluso antes de llegar a Chile, David Del Curto recibió un disparo en su pierna. Tenía 18 años y se encontraba luchando contra las fuerzas de Mussolini, en la localidad de Sondrio, región de la Lombardía, al norte de Italia.
Que el mayor empresario exportador frutícola que ha tenido Chile haya luchado en una guerra es un hecho que no sorprende a nadie que lo conociera de cerca. “Pasaron muchas penurias en la época de la guerra”, dice Mario Gutiérrez, ex trabajador de DDC. “Tenía una energía increíble”, recuerda su estrecho colaborador Eugenio Silva, hoy a la cabeza de Agrícola Millahue. “Era realmente un espectáculo viajar con él, viajaba por todo Chile en helicóptero. Era muy locuaz. Muy agradable. Muy hábil, muy despierto, muy observador”, rememora Silva.
David Del Curto nació en el valle de la Valtellina en 1927, Italia, y era el mayor de 6 hermanos. Creció en medio de las bombas y disparos de la Segunda Guerra Mundial, y al cumplir 20 años, al contemplar el futuro que le ofrecía una Italia empobrecida por el conflicto, y temiendo terminar registrado como combatiente en alguna futura guerra, decidió irse a probar suerte al nuevo mundo.

Llegó a Buenos Aires en 1948, en donde un tío paterno lo albergó. Logró trabajar en un restaurant donde aprendió el idioma y modismos lunfardos que lo acompañarían durante toda su vida. A los pocos meses decidió cruzar la cordillera de Los Andes y establecerse en Chile, donde lo esperaba su otro tío, Antonio del Curto, quien tenía una bodega de frutos secos en el sector de Pila del Ganso, en el centro de Santiago. Su principal labor consistió en gestionar la compra de almendras y nueces a los productores de Aconcagua.
Pasados tres años, David le pide a su tío incorporarse como socio en la bodega, petición que es desechada por Antonio. Fue así como decide independizarse y emprender su propio negocio. Arrienda una bodega en Alameda, y se abocó al empaque de nueces, almendras, miel y cera de abejas. Llegaron a trabajar hasta 50 personas en lo que era el patio trasero de un ex trabajador de Ferrocarriles del Estado.
En una pequeña pieza ubicada en el fondo del terreno armó una oficina con una silla, un escritorio y un teléfono que le prestaban a través de una ventana. En medio del humo de cigarrillos y burbujas de Coca Cola, David del Curto inició negocios y exportaciones a Argentina, que se convertiría en el primero de sus destinos como comerciante de frutos secos.

A fines de 1952 ocurre la catástrofe. Enterado de que Buenos Aires pasaba por un momento de escasez de frutos secos, justo a fin de año cuando las fiestas disparan la demanda de éstos, Del Curto decidió apostar todo por una exportación gigante. Se endeudó con varios préstamos para enviar la mayor cantidad posible de frutos secos al otro lado de la cordillera, y cuando estaba listo para programar los embarques, el gobierno de Juan Domingo Perón decidió restringir las importaciones. Del Curto se enfrentaba a una prematura ruina.
Desorientado, no sabía a quién recurrir. Primero, peregrinó desde su bodega en Estación Central hasta el santuario de la virgen de Lourdes en Quinta Normal, en busca de una intervención divina. Y sería una mujer, aunque no la virgen, quien finalmente lo ayudaría. María de la Cruz Toledo era una destacada política chilena, primera senadora del país y una luchadora por el sufragio femenino, quien además tenía estrechos vínculos con el gobierno peronista. Del Curto se presentó ante ella, le explicó su situación y le pidió encarecidamente que, si sabía de algún cambio en la política importadora argentina, se lo informara a la brevedad. Y así ocurrió. Días antes de que se levantara la medida, Del Curto fue informado, lo que le permitió adelantarse a toda la competencia y llenar todos los cupos aéreos y terrestres para exportar. Lo ganado le permitió afirmarse en el negocio y ampliar su giro a los porotos, lentejas, cebollas y más. En 1953 oficializa su empresa a los 26 años.

Lo ganado le permitió afirmarse en el negocio y ampliar su giro a los porotos, lentejas, cebollas y más. En 1953 oficializa su empresa a los 26 años.

De los frutos secos a la fruta fresca

Exportar fruta fresca y que llegase en buenas condiciones al consumidor final era una proeza técnica en la década de los 60. El primer exportador chileno, Jenaro Prieto, mandó un embarque de uva de mesa a Nueva York en 1920, el que llegó en condiciones óptimas, pero fue tal la dificultad que no pudo replicarlo al año siguiente. Cosechada la fruta había que cargarla en precarios cajones y subirla a un tren, donde las paredes del vagón se rellenaban con barras de hielo para así intentar conservar la fruta.

David Del Curto era plenamente consciente del potencial de la fruta chilena y en una reunión con empresarios a fines de los 60, en la que se discutía acerca de la conveniencia de desarrollar empresas para exportar autos, jugueras, lavadoras o radios, Del Curto planteó que Chile debía exportar lo mejor que tenía: “Su clima”.
Fue así como construyó la primera planta con cámaras de atmósfera controlada en 1972 llamada Central Kalinka, y en 1975 inaugura el primer túnel de pre frío para uvas, que le permitió exportarlas con condiciones de humedad y temperaturas muy superiores a cualquier otra técnica usada con anterioridad. La investigación y desarrollo que la empresa aplicó a sus procesos fue lo que le permitió convertirse en el exportador más grande de Chile. “Daba oportunidades de surgir a personas sin títulos y con mínimos estudios con tal de que fueran fieles, responsables y eficientes”, recuerda Mario Gutiérrez, ex trabajador de DDC que luego escribiría una biografía publicada por la Sociedad Chilena de Historia y Geografía.

“Su vida fue increíble, su inteligencia, su capacidad de visualizar el futuro frutícola, siempre corriendo riesgos, por ello llegó a ser el primer exportador del hemisferio sur. Al comienzo no era de la idea de salir del país, pero el grupo de ejecutivos que había formado, lo presionaron para que saliera al mundo a ver las nuevas realidades y abrir mercados”, rememora Gutiérrez.

Eugenio Silva entró a trabajar a la empresa en 1981, y lo acompañó en sus viajes por Estados Unidos y Europa. “Era realmente un espectáculo viajar con él, en el mismo aeropuerto la gente se daba vueltas a verlo. Era un hombre con una energía increíble. Muy hábil, muy despierto, muy observador”, dice.

“Cuando entré a la empresa armamos un programa de fruta por avión y exportamos una cantidad muy grande. Para celebrar el primer embarque de un barco de fruta por avión, Del Curto realizó una comida en su casa con langosta y champaña francesa”, recuerda Silva.

En 1972, Cuba necesitaba importar un gran volumen de porotos negros, y como en Chile no hay mucha producción de esta variedad, Del Curto ideó un plan para comprarlos en Argentina y Brasil. Tras una compleja triangulación, logró exportar vía Antofagasta 200.000 sacos de 60 kilogramos cada uno a la isla. Esto le permitió forjar una relación de amistad con Fidel Castro. “Che, al barbudo le gustan los caballos ¿Y si le mandamos uno?”, le dijo Del Curto a Ruperto Jara, reconocido criador y veterano del rodeo. Así, envió un caballo chileno de raza, y de vuelta, Fidel Castro le respondió con un sillón de regalo, que lució en el living de su casa.
“Don David nunca fue político porque era un comerciante y haría siempre negocios con el que tuviera en el gobierno”, apunta Mario Gutiérrez. Ese mismo año recibió del gobierno de Italia la condecoración de la orden al mérito como Cavaliere.

 

Helicópteros y champagne francés

A mediados de diciembre de 1971, un empleado de la compañía buscó contactarse urgentemente con él, quien estaba visitando a su familia en Sondrio, Italia. La compañía de teléfonos italiana se encontraba en huelga, pero una joven, que realizaba su pasantía en la Compañía de Teléfono de Chile, logró conectar la llamada. Era la que sería la madre de su tercera hija, Rita del Curto. “Siendo sumamente importante la llamada, mi padre quiso agradecer a mi mamá así que la buscó, se comunicaron y luego se conocieron. Mi padre en ese entonces ya estaba separado y empezaron una relación que duraría hasta que falleciera”, cuenta Rita. David del Curto había estado casado antes con Edith Prieto, del que nacieron sus hijos Julián y Gloria.
Ella era muy pequeña cuando murió su padre, pero ha reconstruido la historia a través de los recuerdos de otros, la que la llenan de orgullo. “A principios de los 80, mi papá mandó abrir una sala cuna en el packing de San Felipe para que las empleadas mamás pudieran trabajar sin tener que preocuparse de sus hijos. Hoy en día no suena novedoso, pero en Chile, hace 40 años, era algo inaudito”, comenta Rita.
“Cada vez que viajaba volvía con perfumes para las damas y corbatas de seda para los varones. Cada vez que iba a construir una central frigorífica, lo primero que indicaba era tener un lugar de descanso para el personal y por ello había grandes jardines, buenos y cómodos casinos, y baños de primera”, dice Gutiérrez.
“Instauró la celebración de Navidad para todos sus trabajadores, generalmente, en la central frigorífica Kalinka. Los regalos eran hermosos, había entretención para los niños y sus padres, helados, bebidas, dulces, sandwiches, de todo. En varias ocasiones Del Curto llegó en su helicóptero y los niños pensaban que llegaba el “Viejito Pascuero”… claro que, con el tierral que se levantaba, quedaban como berlines, pero felices”, recuerda Gutiérrez.
Del Curto amaba viajar en helicóptero. Era su medio de transporte favorito. Si tenía que ir a algún lugar donde la autonomía de vuelo no le alcanzara, pedía a alguno de sus empleados que lo esperara en algún punto intermedio con combustible para rellenar el tanque y seguir volando. Solía tener dos botellas de champagne francés para brindar en cualquier ocasión a bordo.
La pasión por volar hizo que tuviera amistades improbables, como fue su vínculo con Julio Iglesias. “Seguramente lo conoció por el Festival de Viña, donde don David ya participaba en ese mundo de glamour, ambos eran mujeriegos. Don David era un hombre especial: trabajador, inteligente, soñador y se daba el tiempo para disfrutar de la vida”, dice Gutiérrez. Llegaron a ser tan amigos, que además de visitarse en sus casas de Miami y Santiago, respectivamente, Julio Iglesias estaba cotizando una nueva turbina para su helicóptero cuando Del Curto tuvo su accidente.

Un abrupto final

Del Curto sabía que su helicóptero estaba fallando. Un empleado le dijo que no quería subirse más a la aeronave, y Del Curto respondió que ya había comprado uno nuevo, y que dejaría este helicóptero para que lo usaran dentro de la compañía. Era un 12 de marzo de 1983 y el empresario había recibido a unos ejecutivos de Air France. Les mostró la central Manuel Rodríguez y luego irían a almorzar al club de golf Granadilla en Viña de Mar.
Eran las 14:29 hrs. cuando el helicóptero que pilotaba cayó al agua. Los bañistas que ese sábado copaban la playa de Caleta Abarca fueron los primeros testigos. “Vi pasar muy bajo el helicóptero; de pronto se me perdió de vista y sentí solamente la explosión y vi una gran llamarada en el mar”, contaba en un diario de la época Arnaldo Arancibia, salvavidas. “Corrí hacia donde se hundían los pocos fierros que quedaban sobre el agua. Nos lanzamos varios a sacar a las personas”, dijo para la edición del día siguiente del periódico. Entre las personas que rescataron se encontraba David Del Curto, quien falleció camino al hospital Gustavo Fricke, en Viña del Mar. También perecieron Guy Peltier, director general de Air France en Chile, y Ana María Méndez, esposa del gerente de la empresa aeronáutica.
Un año antes, en 1982, David Del Curto había exportado el 80% del total de fruta chilena vendida en mercados extranjeros, totalizando un total de US$47 millones de la época (un poco más de US$128 millones al 2020). La prensa remarcó una frase que había dicho: “Hay que exportar y exportar. Exportar o morir”. Fue así como murió a los 56 años.

“Era una persona que inyectaba a la gente mucha adrenalina. Lo hacía trabajar a uno siempre a mil por hora. Era un hombre especial”, concluye Silva.

“Yo era un simple empleado, pero don David compartía con todos, inclusive estaba preocupado de los cumpleaños de su personal, o de cualquier problema que tuviesen, pero a la vez era exigente, él trabajaba todos los días incluyendo sábados y domingos”, rememora Mario Gutiérrez.

Para Rita Del Curto es impresionante el hecho de que su padre haya construido semejante imperio. “Venía de una familia modesta y cuando llegó a Chile, gracias a los valores y una ética de trabajo que le habían inculcado mis abuelos, especialmente mi abuelita Rita, realizó su sueño. Mi padre fue sumamente pionero y visionario y gracias a su empeño, perseverancia y esfuerzo ayudó a desarrollar el sector agropecuario en Chile y además de ayudar a mucha gente”.

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