CRÓNICAS DE LA INDUSTRIA | Historia de la uva de mesa en el Perú

Dolor y gloria

Si hay algo que caracteriza a los productores peruanos que apostaron por la uva de mesa en su país, es la audacia. Se cometieron muchos errores, se sufrió, pero la alegría de conseguir domar este cultivo –en un inicio en el desierto costero– y de convertirse, años más tarde, en uno de sus principales exportadores en el mundo, los obliga a afianzarse en el camino de la excelencia. En la siguiente crónica, algunos de ellos cuentan sus vertiginosas experiencias.
Por Gabriel Gargurevich Pazos | Ilustraciones: Ítalo Ahumada Morasky
16 de noviembre de 2022

Su padre, sus amigos, le decían que no había aprendido la lección. ¿Cómo podía pensar en volver a trabajar en agricultura luego de la Reforma Agraria del año 1969, una de las más radicales de América del Sur? ¡Era descabellado! Pero Fernando Bustamante Belaunde no solo creía en sí mismo, sino también en la rentabilidad de la agroexportación. Su hijo, Fernando Bustamante Letts, acota que él, sus tres hermanos y su madre, siempre lo apoyaron. “Demostraba tanta seguridad que era imposible no hacerlo. A mi abuelo le habían expropiado un fundo de 450 hectáreas en Nazca, donde trabajaba mi padre. Tuvimos que ir a Lima. Mi padre tenía que buscar un trabajo”, recuerda Bustamante Letts.

Años después, cuando el país ya estaba en democracia, en 1982 decide iniciar, en la zona este del valle de Ica, un proyecto de 110 hectáreas de uva de mesa sin semilla, uno de los más grandes de agroexportación en ese momento. Hasta ese entonces, en Perú solo se trabajaba con tres variedades de uva de mesa: la Alfonso Lavallée, la Italia y la Quebranta, pisquera por excelencia. Fernando Bustamante Belaunde había trabajado con esas uvas allá por los años sesenta, antes de la Reforma, así como con paltos, cítricos y mangos, todo para el mercado local. En 1982 quería exportar.

“Era un hombre de campo con una mentalidad administrativa tremenda. En 1983 funda Coexa. En agosto del próximo año, la empresa va a cumplir cuarenta años”, dice Bustamante Letts, quien es el actual gerente general de la corporación. Entre 1984 y 1985, se dan las primeras producciones de uva de mesa, en el marco del proyecto de 110 hectáreas. ¿Qué variedades? “De Chile, trajeron Thompson y Flame, y otra a la que llamaban Black, una mutación de la Thompson”, precisa Bustamante Letts. ¿Se trabajaba con portainjertos? “No, qué va, todo era a pie franco”, advierte.

Fernando Bustamante Belaunde no estaba solo en este ambicioso y avezado proyecto. Invitó a un grupo chileno para crear una sociedad. “Como la Thompson y Flame eran variedades desconocidas para el Perú y había que aplicar técnicas de conducción novedosas, trajeron expertos chilenos, quienes adaptaron las técnicas a lo que se hacía en Perú en materia de uva. Aquí no se aplicaba el ácido giberélico, por ejemplo, que sirve para estimular el crecimiento de las bayas en variedades sin semillas. Los técnicos chilenos también fueron los que armaron los parrones españoles, hasta ese entonces inexistentes en Perú. La meta era exportar la fruta en diciembre, antes de Navidad, y antes que Chile, que sacaba su fruta en enero”, explica Bustamante Letts.

«El Fenómeno el Niño de 1997-1998 nos afectó mucho, no hubo nada de producción, y nos costó varios años remontar. En síntesis, todo esto inició como una aventura, es verdad, pero una aventura que funcionó”. Fernando Bustamante

Estados Unidos tenía fruta de junio a octubre; pero de noviembre a diciembre no había fruta fresca en el país del norte, había que adelantar el proceso vegetativo de la planta. Al inicio la uva se vendió solo al mercado interno. En 1986 se realizan las primeras exportaciones a Inglaterra y Holanda por vía aérea, “los fletes de la época lo permitían, luego se volvió casi imposible”, aclara Bustamante Letts. “Recién en 1994, se pudieron exportar los primeros contenedores de uva de mesa de Ica a Estados Unidos, cuando se habilitaron y consolidaron los protocolos sanitarios para exportar a ese país”.

Entre 1992 y 1993, se sumaron a la actividad productores como José Luis Camino y Felipe Ferraro, con el fundo Riachuelo, así como Jorge Checa. Luego, entre 1995 y 1999, otras empresas, como Agrokasa y Don Ricardo, entraron a formar parte de la escena iqueña vitícola. “El fenómeno el Niño de 1997-1998 nos afectó mucho, no hubo nada de producción, y nos costó varios años remontar. En síntesis, todo esto inició como una aventura, es verdad, pero una aventura que funcionó”, señala Fernando Bustamante Letts.

En cualquier caso, las bases para la exportación de la uva de mesa en el Perú, se habían establecido.

TIENEN QUE MATAR TODO

Rafael Ibarguren Rocha fue un niño prodigio de la agricultura. A su padre, Óscar, un reconocido agrónomo premiado por la FAO de las Naciones Unidas, le pidió que lo ayudara a alquilar un fundo, cuando apenas acababa de terminar el colegio en su natal Ica, para poder cultivarlo. Tiempo después, a los veintidós años, lideró con Óscar el primer proyecto exportador de espárragos de la zona. Y fueron precisamente los espárragos los que le permitieron ir a Venezuela a hacer agricultura, cuando él había formado su propia familia y la quería mantener a salvo de los hostigamientos terroristas que en Ica sufría no solo la policía, sino también los propios empresarios agrícolas.

En paralelo al campo de espárragos que tenía con un socio en Venezuela, Rafael había plantado 20 hectáreas de uvas sin semilla en su fundo San Miguel, en donde había dejado un ingeniero a cargo. El 12 de septiembre de 1992, fue capturado Abimael Guzmán, cabecilla del grupo terrorista Sendero Luminoso. “Con mayor tranquilidad decidí sacar adelante el proyecto de uva. Yo ya sabía del proyecto del señor Fernando Bustamante Belaunde…Y siempre tuve la inquietud de trabajar con la variedad Thompson, blanca. Mis primeras 20 hectáreas fueron de Thompson, para exportación, ¡me tiré a la piscina!”, recuerda Rafael.

En 1992 ya había un proyecto de Thompson, reconoce Rafael, el de José Luis Camino, “un campo mediano, que tenía mucho éxito. Pero él proyectaba la cosecha para la venta de Navidad y Año Nuevo en el mercado interno, conseguía buenos precios para esa uva”. Ibarguren subraya que cuando tomó la decisión de trabajar con Thompson lo hizo pensando en exportar, cosechándola desde principios de octubre. “Adelantar la fecha de cosecha no fue nada fácil y significó muchos trastornos en la fertilidad, en la calidad de la fruta… Tuve que contratar a algunos técnicos de Chile para armar los parrones, en Perú nadie sabía lo que era un parrón y menos cómo armarlo… Yo estaba entre Venezuela y Perú. Pero en 1995 regresé definitivamente”.

Ese mismo año, el empresario minero Ricardo Briceño visitó el fundo San Miguel y quedó impresionado con el campo de uva seedless que ahí había. Briceño le propuso crear una sociedad a Ibarguren para ampliar sus hectáreas. Y así nace Don Ricardo, el 11 de septiembre de 1995.

“No fue fácil dominar el cultivo, tardamos entre ocho y diez años en ser exitosos, eso recién sucedió entre el 2001 y 2002… No fue fácil entender estas variedades de baja fertilidad. Y no ayudó el hecho de haber plantado a pie franco: la filoxera destruyó los campos de los que en ese entonces empezábamos a trabajar con uva de mesa. Pero hubo un primer punto de quiebre en la historia de la viticultura en el Perú”, advierte Rafael Ibarguren Rocha.

Se refiere a la llegada a Ica, en 1998, del doctor Nick Dokoozlian, un experto viticultor de la Universidad de Davis, California. “Lo trajo la Fundación Perú, que en ese entonces lideraba Fernando Cillóniz, quien tuvo la gran visión de fijarse en la industria de la uva. Para nosotros la filoxera era realmente un problema, mataba los campos, las frutas eran de pésima calidad… Antes de reunirnos los ocho o nueve productores de uva más importantes con Dokoozlian, él ya había visitado todos los campos en Ica. La reunión fue en el hotel las Dunas y lo que nos dijo fue estremecedor: ‘Tienen que matar todo. No hay otra’. Casi nos morimos. Había administradores, gerentes de empresas que se oponían, ‘ese señor es un mercenario, solo quiere vendernos plantas’, decían. Pero yo le creí desde el primer momento”, recuerda.

Rafael Ibarguren y Ricardo Briceño toman la decisión de importar los patrones de California. “Creo que fuimos uno de los primeros en plantar con patrones. Empezamos a desarrollar los injertos para observar su comportamiento con cada una de las variedades blancas o rojas, fue todo un proceso. Gracias a los patrones, la viticultura en el Perú pasó a ser mucho más amigable, sostenible en el tiempo, las cosechas eran más estables. A partir de entonces se da el gran despegue de la uva de mesa en el Perú, antes las exportaciones de uva eran incipientes. Fue una época de bonanza, había ventanas muy puntuales para los productores de Ica, los precios nos favorecían… Hasta que llega la necesidad del recambio varietal. Ese fue el segundo punto de quiebre”, señala Rafael.

Las variedades patentadas son mucho más productivas que las tradicionales, reducen los costos y significan mejores precios. Pero no se puede plantar a ciegas nuevas variedades, advierte Rafael. Hay que probarlas antes. De las 1.000 hectáreas de uva que hay en la actualidad en Don Ricardo, el 91% son patentadas. “Nosotros siempre creímos en la seedless y confiamos desde el inicio en ellas”.

«Las variedades salieron de Chile, pasaron por Tacna y llegaron a Cañete”. Mercedes Auris

EL MILAGRO NORTEÑO

“En efecto, cuando en 2000, 2001, empezamos a exportar uva en serio, ¡todos tenían Red Globe! A excepción de Ibarguren… En Don Ricardo siempre la lucharon con las sin semilla”, señala Mercedes Auris, gerente, fundadora y dueña del Vivero Los Viñedos. “La Señora Vid”, como la llaman los productores cariñosamente, es natural de Huancavelica, pero estudió la primaria y secundaria en Ica; también se recibió como Ingeniera Agrónoma en la Universidad San Luis Gonzaga. “Amo Ica y amo la uva”, admite.

“Hubo un momento en que llegué a cubrir, como Vivero Los Viñedos, más del 75% de todo el mercado agroindustrial.

En Mercedes la pasión por la agricultura se manifestó desde que era pequeña. “Cuando estudiaba la secundaria ya hacía injertos”, dice, refiriéndose a los trabajos que hacía en La Estación Experimental Los Pobres del INIA, en Ica, donde contaban con una gran colección de uvas vineras, pisqueras y uvas de mesa, como la Thompson.

“Recuerdo que, por los años 1982, ya profesional, iba a mirar a escondidas las plantas del proyecto de Fernando Bustamante, quien se atrevió a plantar 100 hectáreas de uva Thompson, ¡ese proyecto era toda una leyenda para la época! Cuando terminé la universidad, estuve por el Alto Huallaga trabajando en mi profesión, pero años más tarde, debido al terrorismo, regresé a Ica y empecé a trabajar oficialmente en el INIA. Así pude frecuentar el fundo de mi gran amigo José Luis Camino; ahí hacíamos investigaciones sobre las dosis de giberélico que debíamos aplicar a la uva, ni siquiera existía el regulador de crecimiento Dormex…”, advierte Mercedes.

En 1993 ganó una beca para estudiar en España, “hice una especialización en Manejo de Uva, tuve la oportunidad de visitar muchos viveros, y supe que hacer un vivero en Perú era una oportunidad”. Al año siguiente nace Vivero los Viñedos.

En Chile conoció a Manuel Gandarillas, un productor local que tenía un fundo en La Serena, “un gran ser humano”, según sus palabras. Él le vendió variedades como Thompson, Flame, Ruby Seedless, Red Globe, Red Seedless y Black Seedless, en 1995. “Las variedades salieron de Chile, pasaron por Tacna y llegaron a Cañete. Y comencé a injertarlas en la variedad Quebranta. Eran los inicios de Agrokasa, de Don Ricardo… Pero mis primeros compradores fueron los productores de Chincha, ellos creyeron en mí. Y aquí podría mencionar a Don Alberto Massaro –dueño de las empresas Agrícola Tecnificada (Agritec) y Benol SAC–, o a César Peschiera, de Agrícola Copacabana y Bamar Corporación Agroindustrial SA. Nos fue muy bien. Pero muchos productores de uva estaban desanimados, les había ido muy mal plantando en franco por la filoxera; así que decidimos importar patrones resistentes a filoxera y nemátodos. Era el año 97, algunos empezaban a hacer pininos en la exportación, como Jorge Vargas Corbacho”.

Según Mercedes Auris, el 22 de septiembre de 2007 se produce un hito en la historia de la viticultura en el Perú con la presentación de su parcela demostrativa en Piura ¿Crecía bien la uva de mesa en el norte peruano? “Yo le había vendido unas pocas plantas a la ONG Ayuda en Acción. Ellos tenían un campo en Piura donde cultivaban plantas de paltos y uvas que luego regalaban a los agricultores pequeños. Yo estaba comprometida en asesorarlos técnicamente, vi unos racimos de Red Globe grandes y con un color espectacular. Vi una oportunidad. Busqué al señor José Valdez Novarino y le propuse plantar uva en un lote de su fundo en Sullana. Le insistí muchísimas veces, ya que no había precedentes de este cultivo en la zona, hasta que logré convencerlo; ahí fue donde trabajamos la parcela demostrativa”.

A la presentación acudieron productores de Ica, Arequipa, Lima, Trujillo, Chiclayo y, por supuesto, Piura. “Gestionamos la logística de tal manera que ningún gerente pudo negarse, tampoco las esposas de los productores. En aquella oportunidad, llegaron 475 invitados; estaban los gerentes y representantes de empresas como Ecosac, Camposol, El Pedregal, Beta, Ica Fruta, Saturno, entre otras”.

Ese día, Lionel Arce, quien hasta hoy es gerente general del Complejo Agroindustrial Beta, al ver el gran potencial, la cantidad y calidad de racimos, tomó la palabra y dijo se instalarían en Piura lo antes posible, “y es así como ahora tiene una plantación grande en Chulucanas”.

Por supuesto, se sumaron más empresas. “Así comenzó la viticultura en el norte, aunque es verdad que Ecosac ya había avanzado algo al respecto”, acota Mercedes. El clima tropical de Piura la asemeja más a una realidad brasilera que a una chilena, como podría suceder en Ica. Así como en Ica los técnicos y asesores chilenos tuvieron un aporte fundamental para el desarrollo de la vid en esa región, en Piura los brasileros hicieron lo propio.

“Había demasiada Red Globe, ya no podíamos seguir creciendo con esa variedad. En 2013 – 2014 ingresan con fuerza las nuevas variedades. Como vivero los Viñedos nos licenciaron para propagar plantas de los mejores programas genéticos en el mundo, como Sun World, IFG y SNFL. Hoy por hoy, hay variedades resistentes al oídium, al mildiú, hay uvas orgánicas. Yo sí le veo futuro a la uva de mesa.

Pero el mayor aporte de la viticultura en el Perú es haber mejorado la calidad de vida de muchos peruanos y de sus familias, generando miles de puestos de trabajo, como ingenieros agrónomos, contadores, administradores, chefs, operarios y más. El 70% del costo de producción de la uva de mesa tiene que ver con la mano de obra, se les da trabajo a millones de personas. Gente de otras partes del país ha inmigrado a Ica o a Piura buscando trabajo en la uva y lo han encontrado, ganando muchísimo más que en sus regiones”.

¿CHILE? ¡PRESENTE!

“No teníamos orientación fina, no había una ruta a seguir, fuimos muy atrevidos”. Así recuerda Marcelo Luengo los primeros tiempos de la uva de mesa en Piura. Ingeniero agrónomo de la Universidad de Concepción, Chile, es un apasionado de la fisiología vegetal, pero sobre todo de la uva, “la tengo en la piel, he trabajado 20 años en ese cultivo”. Si bien hoy es director general de Planasa en Perú, donde pone toda su atención en el arándano, recuerda como si fuese ayer la aventura que significó sacar adelante un proyecto nuevo de uva en el norte del Perú, de la mano de una empresa chilena en la que él ya tenía una trayectoria considerable.

“Verfrut es una empresa de capitales chilenos, pero en Perú recibe el nombre de Sociedad Agrícola Rapel SAC. En 2011, Rapel inició sus operaciones. En Verfrut tenían dudas; no sabían si invertir en Perú, Brasil o continuar en Chile. Felizmente se decidieron por Perú porque fue un éxito”, asegura Luengo, quien lideró el Grupo hasta el 2020. “Fue difícil trabajar uva de mesa en Piura, cómo no, y lo sigue siendo, no teníamos ni idea al inicio. El primer año trabajamos con 300 hectáreas; el segundo con 500; el tercero con 800; al quinto con 1.300; el noveno año ya estábamos trabajando con 1.700 hectáreas”.

Rapel fue una de las primeras empresas chilenas en trabajar uva para exportación en Piura, pero en 2008 ya habían iniciado otras empresas de capitales peruanos, como El Pedregal, Ecosac y Aranxa (Alberto Irazola). Rapel decidió unirse al vecindario del Medio Piura y se ubicó al lado de los campos de Irazola. “¡Fue un crecimiento muy agresivo! Pero fuimos aprendiendo en paralelo de nuestras empresas vecinas; ellos ya habían vencido algunos paradigmas entorno a hacer uva en la zona”, admite Luengo. ¿Cómo va a brotar la uva en un clima subtropical? ¿Cómo va a crecer la planta si se necesita un ciclo vegetativo que incluya un periodo de receso invernal?

“En la planta de la uva en Piura, a diferencia de Chile, debido al clima subtropical, no hay una dormancia invernal, ¡está verde siempre! Entonces había que aprender a manejar otros tiempos en los procesos, muy ordenados, calendarizados, cuidar el agua, los suelos, para tener una seguridad en la producción”, acota Marcelo.

Sin embargo, había información de que en Piura se podía producir todo el año, “¡era algo que teníamos que comprobar!”. En ese camino, se logró corroborar que esa premisa era correcta, “sin embargo, también logramos descifrar que la mejor época para obtener el mayor beneficio iba desde septiembre hasta enero”. Así, el Grupo Verfrut logró completar su canasta de oferta de fruta, la cual, junto a sus campos de Chile, hoy cubre los 365 días del año. “Ese era uno los principales objetivos de la empresa”, precisa Luengo.

“En Chile se planta la uva en primavera y, en la primera cosecha, si hiciste un correcto trabajo, recién el tercer año, obtienes, en tu primera producción, de 500 a 1.200 cajas por hectárea. En Piura, luego del primer año, obtuvimos más del 70% de producción de la capacidad de las variedades que instalamos; al segundo año logramos el óptimo, algo impresionante para nosotros en esa época. El Capex del proyecto se cubre en pocos años”. Hoy, agrega Luengo, la nueva genética de variedades mejoradas, está realizando un gran trabajo, permitiendo la continuidad del éxito de la producción de uva de mesa en el Perú.

EN AREQUIPA LA UVA TIENE MÁS PIERNAS

“El inicio de la aventura de uva de mesa en Arequipa data del año 2012, cuando se sembraron los primeros huertos de cinco hectáreas, con variedades clásicas como Thompson, Crimson y Flame, entre otras”, refiere Juan Carlos Paredes, director de la empresa arequipeña Agrícola Pampa Baja. “Los parrones se hicieron con postes de cemento, fue un largo camino de aprendizaje, no se tenía ninguna experiencia de ese cultivo en la zona”.

La uva de mesa en Arequipa, según Paredes, tiende a ser de mejores aptitudes viajeras, “tiene más piernas”, que en otras zonas más cálidas del país. “La amplitud térmica que se logra es mayor. En las noches típicas, de cuarto y primer trimestre de cada año, la temperatura suele ser de 8 a 12 º Celsius, y en el día 28º. La uva de mesa de Arequipa seguirá creciendo en la medida que haya agricultores interesados en atender el mercado de Brasil o sucedáneos, y además que apuesten por formalizarse con licencias de variedades probadas que tengan características superiores al resto de variedades comunes”.

Pero ¿Qué les llevó a trabajar con uva de mesa en Agrícola Pampa Baja? Paredes responde: “La uva se proyectaba desde inicios del siglo presente como una alternativa excelente para la agroexportación peruana. Como Pampa Baja, primero empezamos en áreas pequeñas, con uvas tradicionales. Luego ampliamos a 220 hectáreas, y posteriormente recambiamos todo a variedades con licencia. Hoy trabajamos con 450 hectáreas de uva, las cuales entrarán en producción al 100% en 2023”.

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